Asi empezamos, en el campo!
Asi empezamos, en el campo!
Así es como me gustaría ver a mi mujer algún día, pensé cuando mi polla entró por el culo de Berta a la vez que la de Alberto hurgaba su coño. Qué haces, hijo de puta, gritaba ella confundiendo el placer con el dolor que mi embestida le produjo en su culito...
Todo empezó una tarde el 8 de septiembre de 2003. Habíamos quedado las dos parejas para salir con los niños al monte, comer y pasear... Después de comer el vino y el calor nos indujo a buscar un prado para tumbarnos un poco. Sacamos una manta del coche y los cuatro nos tumbamos, charlando de cosas intrascendentes mientras los tres niños (dos míos y una de Berta y Alberto jugaban a la pelota. Yo me acosté entre María, mi mujer, y Berta. Alberto estaba en el otro extremo de la manta. Así estuvimos un rato largo hasta que María se levantó y dijo:
- Me voy a dar una vuelta hasta el río. Creo que hay una cascada muy bonita. ¿Me acompañas, cariño?
- Vale - dije yo. ¿Pero y los críos?
- Berta y Alberto los cuidan.
- Sin problemas. Además nosotros preferimos quedarnos a ver si dormitamos un poco. Nos dijeron los dos, medio adormilados.
María y yo nos fuimos solos por un camino hasta llegar al río. Hacía calor y yo me quité el pantalón corto y la camiseta y me metí debajo de la cascada.
- Cariño, el agua está estupenda. Ven, báñate conmigo.
María protestó un poco; que si el agua estaba fría, que si no le apetecía, pero al ver que no salía del agua se quitó la ropa y se metió conmigo.
Chapoteamos un poco, jugamos y sin saber cómo estábamos abrazados debajo del torrente del agua besándonos, toqueteándonos, hurgándonos. María estaba excitada y yo aún más. Mi polla resistía el chorro de agua fría.
Finalmente María me obligó a sentarme en una piedra semihundida y ella se tumbó delante de mí entre el agua. Sus manos cogieron mi polla, dura como un palo, y empezó a lamerla despacio, metiéndosela en la boca caliente y sacándola, para dejar que el agua fría que salpicaba me excitara aún más. La postura me era muy incómoda así que me incorporé un poco y me agaché en cuclillas delante de ella. Al verme así María se sonrió y con una habilidad desconocida empezó a tocarme el culo, primero con la mano y después dándose la vuelta con la boca, a la vez que con su mano me masturbaba. La miraba y me parecía un espectáculo divino: su cuerpo brillante por el agua que mojaba su cabeza, sus pezones duros y negros como las piedrecillas del río, sus piernas dobladas y abiertas, esperando sin duda que sustituyera su propia por mi polla, su cabeza totalmente debajo de mí lamiéndome desde los testículos hasta el ano. Casi me corro al verla así, pero los movimientos de su mano eran muy torpes a causa de la postura y no conseguían arrancarme el orgasmo.
Entonces le dije que se pusiera a cuatro patas. Casi no me dio tiempo a decirlo y María ya miraba hacia atrás esperando la penetración, pero antes me entretuve en comerle un poco el coño y en cambiar de su culito el agua del río por mi saliva caliente. Acerqué mi polla al agujerito y empecé a presionar, me tumbé sobre ella y busqué por debajo su coño para magrearle el clítoris con mis manos. María gemía de placer con cada embestida, levantaba y agachaba la cabeza. Yo seguía dándole por el culo y tocándole el clítoris cuando casi encima de nosotros vi a Berta. Me detuve.
- Javier, sigue, por favor, estoy a punto de correrme. La siento entera en el culo. Muévete, cabrón, no me dejes así. Me gritó María: era evidente que desde su posición no podía ver a su mejor amiga.
La oía gritarme pero mis ojos estaban clavados en los de Berta. Creí ver que me hacía una seña para que siguiera enculando a mi esposa y así lo hice. Comencé a moverme y a machacarle el clítoris con más vigor.
- Síiii, qué bien. Cómo me follas. Estoy a punto.
- Yo también, mi vida. ¿Lo notas? Está más dura que nunca. Le decía mientras golpeaba sus nalgas con mi pelvis. Mis ojos no se apartaban de los Berta. Sonreía y se metía una mano por el pantalón y la otra por debajo de la camiseta.
Saqué mi polla del culo de mi mujer, que protestó hasta que la sintió penetrar violentamente en su coño:
- Cabrón, dame fuerte. Fóllame, quiero correrme. Si Berta y Alberto supieran qué hacemos realmente aquí... Me corro. Lléname, te lameré la polla después de correrte. Cerdo cabrón...
Sonreí. Alberto no lo sé, pero Berta lo sabía de sobra: la veía torcer la cabeza, morderse los labios y temblarle las piernas. Berta empezaba a correrse en silencio a la vez que María y que yo y creo que terminó de hacerlo cuando yo retiré mi polla y María se abalanzó sobre ella para recoger las últimas gotas de semen. Cerré los ojos y cuando me di cuenta Berta había desaparecido de mi vista.
María y yo nos estábamos terminando de vestir cuando oímos la voz de Berta que nos llamaba:
- Javier, María, ¿dónde estáis? Alberto quiere irse ya.
- Aquí. Ya vamos. María me besó y se adelantó
Me quedé mirándola de nuevo y pensando en qué acababa de suceder. Nosotros, Berta... Me quité la idea de la cabeza y empecé a caminar. Me encontré a Berta en el camino: me estaba esperando.
- María ha ido a ayudar a Alberto a recoger las cosas en los coches. Te estaba esperando, para que no te pierdas. Me dijo con cierta guasa.
- No te burles conozco bien el camino.
- Ya lo creo. Conoces todas las entradas y salidas. Y se rió.
- Las salidas no, pero las entradas sí, aunque no siempre se puedan, o se quieran usar todas. Le dije con segundas intenciones, pues sabía que Berta no era partidaria de la sodomía. De hecho en más de una conversación se había mostrado intransigente con el asunto llamando de todo a quienes pudieran practicarla.
- Ya, bueno, eso depende...
- ¿Depende? Lo que pasa es que te haces las estrecha pero seguro que te iba a gustar que Alberto te la metiera por el culo. Le solté a bocajarro a Berta que se detuvo. Se colocó frente a mí y sin dejar de mirarme me agarró una mano y me la colocó sobre su pantalón corto blanco.
- ¿Tu crees que esta "mojadura" me la hubiera provocado Alberto?
Efectivamente estaba mojada, muy mojada. La humedad de su coño casi traspasaba el pantalón de lycra ajustado que llevaba. Moví mi mano y me encontré con todo su coño. La toqué a través de la tela del pantalón, buscando con mis dedos sus hendiduras, sus recovecos. Berta gimió y volvió la cabeza para comprobar que nadie nos veía. Me sujetó la mano y me "obligó" a buscar el borde superior del pantalón. Antes de que pudiera decir nada mi mano, como con vida propia, estaba masturbando a Berta.
- Aquí no, Berta, ahora no...
- Entonces ¿cuándo?. Sigue por favor, no pares.
Como pude la arrastré camino abajo y apoyada a un árbol le bajé el pantalón y la masturbé. Metía mis dedos en su chorreante coño, los movía dentro, le tocaba el clítoris, grande y duro. Berta se corrió en mi mano, me besó, y me susurró al oído:
-A ti te dejaré hacerme lo que quieras: tu polla es de oro y el doble de grande que la de Alberto
Me agaché y la besé en el pubis: Ya lo creo que haré contigo lo que quiera y cuando quiera ... le dije dirigiéndome a su coñito rubio y con muy poco pelo.
La tarde acabó estupendamente. Los críos lo habían pasado fenomenal y nosotros, o a l menos tres de nosotros, también.
Durante toda la semana estuve dándole vueltas a lo que había pasado y cada vez que pensaba en ello me excitaba. María notó algo raro porque en medio de una follada tremenda me dijo que esa semana parecía Supermán y que si seguía así iba a tener que cambiarse el coño y el culo. En efecto, me follaba a mi mujer pensando en las cosas que le iba a hacer a Berta. Cómo iba a magrear sus pequeñas tetas, a chupar sus pezones, a lamerle el clítoris y ese coñito rubio, a metérsela dentro del culito y también me imaginaba cómo ella me la iba a chupar, cómo me iba a cabalgar ... Todo esto mientras mi polla se metía veloz en el coño, el la boca o en el culito de mi mujer. Desde luego la idea de follarme a la mejor amiga de mi mujer me excitaban tremendamente. No me importaba Alberto, al que apenas conocía aún.
La ocasión surgió el viernes por la tarde. María había ido a hacer compras a Oviedo y como yo llegaba tarde había llevado a los niños a casa de mi suegra.
A las 5 sonó el teléfono. Era Alberto.
- Javier, oye soy Alberto. Verás, Berta me ha llamado a la tienda y me ha dicho que si cenamos todos en mi casa, a eso de las 9.
- Hombre, por mí no hay problema pero María está de compras y no sé ...
- Por María no te apures. Por lo visto ya había quedado con Berta. Así que ya está enterada.
- Vale, pero ¿por qué tan tarde?
- Hombre, es que tengo que hacer el inventario para el otoño, ya sabes. Llegaré a las 9 o algo más tarde. A esa hora llega el también el tren en el que vuelve María ¿no?.
- Es cierto. Casi lo olvido.
- Vale, pues te acercas por casa o llamas a Berta y le dices que quedamos para esta noche. Nos vemos
- Hasta luego, Alberto.
Terminé a duras penas de hacer unas cosas que tenía que revisar y llamé a Berta.
- ¿Berta? Soy Javier.
- ...
- - ¿Oye? ¿Estás ahí?
- ...
- ¿Qué pasa, Berta?
- Nada. Estoy algo nerviosa.
- ¿Nerviosa? ¿Por qué?
- ¿Vas a venir antes de cenar?
- ¿Quieres que vaya?
- No estoy segura, Javier, temo ...
- ...que nos pillen follando, ¿verdad?
- Pues sí, eso temo, y además que me guste más que con Alberto.
- Y eso que importaría? Desde luego yo no voy a dejar de vivir con María. La amo y creo que tu también a tu marido.
- ¿Sólo sexo?
- Exclusivamente. ¿No te parece lo mejor?
- No sé, sólo de imaginarlo ya me pongo cachonda. Esta semana me estoy masturbando a todas horas, incluso...
- Incluso ¿qué?
- Incluso he llegado a meterme "cosas".
- Ah, sí? ¿qué cosas? ¿dónde? -Oía la voz de Berta cada vez más jadeante. Era evidente que se estaba excitando.
- ...
- ¿Qué haces?
- Meterme "cosas", aaah, muy adentro
- -¿Cómo? ¿Ahora?
- Síiiiiiii, ahooora, aaaah, ahoooora, dentro, dentro ...
- Berta, eres...
- ... una golfa. Es un chorizo, gordo, casi tanto como tu polla y lo tengo dentro, dentro, por delante y aahhh, siiii...
- ¿Por detrás? Mi pollá ya estaba fuera del pantalón. Me imaginaba a Berta con una vuelta de chorizo metida en su coño y me alarmaba la idea: ¿no te escuece?
- No, le he puesto un condón en cada extremo. Ven, por favor.
- Berta? Había colgado el teléfono. Como pude me subí los pantalones y menos de cinco minutos estaba llamando al timbre. El portal se abrió y subí en el ascensor hasta su piso: si hubiera ido por las escaleras lo habría hecho corriendo.
Cuando llegué a la puerta me la encontré entreabierta, así que pasé. Al fondo del pasillo oía un ligero murmullo, unos gemidos ahogados avancé por el pasillo. Los gemidos aumentaban Era maravilloso, pensaba, Berta se estaría masturbando con su "invento", pero tropecé con algo delante de la puerta de la habitación de Berta.
El "invento", el chorizo con los dos condones puestos en su extremo estaba en el suelo: no era una vuelta, era un chorizo recto, así que era imposible que se lo estuviera metiendo a la vez en el culo y en el coño. Por un instante me desilusioné pero mi extitación aumentaba al oir los gemidos.
- ¿Berta? Susurré a la puerta
Un ahogado "fraaan" me respondió así que entré. Me quedé helado: Alberto estaba follando a su mujer.
- Lo siento, logré decir después de un instante que me pareció una eternidad. Ninguno de los dos se detuvo ni dijo nada. Mirándome Alberto y Berta me hicieron seña de que me acercara.
Me agaché y Berta me dijo moviendo su cabeza mientras Alberto la follaba por detrás:
-El otro extremo lo tenía Alberto... dentro. Te estaba esperando para que nos follaras a los dos.
Me quité la ropa y cuando me sacaba el polo una boca se tragó mi polla: era Alberto. Le cogí de la cabeza y lo conduje a la cama. Berta nos miraba, espatarrada y metiéndoese las manos en el coño.
Alberto se sentó en la cama, me iba a preguntar o a decir algo y le hice seña de que se callara. Me agaché delante de él y metí su polla en mi boca.
-Oh, síiiiii, eso es, cómesela, maricones, pero guardadlas para mí que también las quiero dentro.
Alberto no se esparaba eso y le dijo a Berta:
-No seas puta y chúpasela.
El semen de Alberto inundó mi boca al poco rato. Según parece la mamaba bastante bien para ser la primera vez que lo hacía. Retiré a Berta de mi polla y la besé, dejándole el semen de su marido el la boca:
- Trágalo, él va a tragar el mío por otro lado.
Cogí a Alberto y se la metí en el culo. Según noté lo tenía muy acostumbrado aunque no de pollas. La corrida que le eché le desbordó. Su culo goteaba y él hizo además de levantrse para ir a lavabo.
- Berta, lame a Alberto, en su culo tiene una golosina para ti. Alberto quedó sorprendido pero se puso en posición y Berta le lamió.
La situación era tan excitante que enseguida estuvimos los dos otra vez "armados".
- Alberto, fóllate a tu mujer, por puta.
- Y tú? Preguntó Alberto imaginando que volvería a metérsela a él.
-Yo ya me las ingeniaré.
Alberto se tumbó y Berta se colocó encima. Empezaron a follar y yo cogí la cámara de vídeo que tenían encima del comodín y les grababa. Sin embargo no podía aguantar más así que me acosté encima de los dos y se la metí en el culo a Berta.
La corrida fue monumental
Alberto volvió a la tienda, para terminar el inventario y nos dejó solos en casa con el encargo de preparar la cena.
Berta se puso un vestido suelto y muy corto sin nada debajo y me pidió que la ayudara en la cocina.
Empezamos a preparar la cena y como primer plato cortamos un chorizo como el que poco antes había servido de "juguete".
- ¿Así que te metes cosas en el coño?
- Era una forma de entretenerme pensando en cómo iba a resultar esta velada. Alberto se enteró estas misma mañana, cuando le dije que por fin iba a conseguir satisfacer su deseo de que un tío le metiera la polla en el culo. Estaba entusiasmado, ya lo has visto.
- Sí lo he visto y lo he probado. La verdad es que no me esperaba esto de mí mismo: follarme a un tío y mamársela. Ha sido muy excitante.
Berta se movía con agilidad por su cocina mientras yo me tomaba una cerveza de la que ocasionalmente ella también bebía. La conversación, el verla moverse sabiendo que estaba desnuda debajo del vestido y el vívido recuerdo de lo que había sucedido hacía unos días y unos pocos minutos empezaban a provocar sensaciones en mi bragueta. Una dolorosa, sí dolorosa, erección iniciaba su andadura. Intenté pensar en otra cosa para "relajarme" pero en Berta se agachó delante de mí para mirar el horno y dejó a la vista su culito. No me pude resistir y muy suavemente se lo toqué. Ella acusó la caricia con un respingo, pero no se incorporó. Abrió sus piernas y se levantó el vestido dejando a la vista todos sus encantos. Iba a iniciar el toqueteo cuando el videoportero sonó: era María. Le abrimos la puerta e intentamos recuperar la compostura.
- Me he adelantado un poco y además he dejado a los niños con los abuelos para poder salir luego a tomar una copa. Bueno, eso si Alma no está.
- Hola. Vale, alma también está con los abuelos. Hasta mañana no iremos a buscarla
María apenas había entrado y dicho eso para ir al baño. Venía "apurada" con ganas de mear.
- Uff. Venía que reventaba, nos dijo y me dio un beso.
Nos contó lo que había hecho por la tarde y nos estuvo enseñando las cosas que se había comprado. Berta le dijo que se lo tenían que probar y me dejaron a cargo del horno.
El asado estaba a punto y lo saqué.
- Chicas, esto está listo. A ver si acabáis de una vez.
- Enseguida vamos, Berta se va a probar un vestido que me he comprado. Pero tú que haces sin ... Me quedé parado. Por lo que acababa de oir Berta se había desnudado delante de María y esta se había sorprendido de que no llevara nada puesto. También oí cómo se cerraba la puerta de la habitación y alguien echaba el cerrojo. Después de un buen rato sin oir nada me acerqué para saber qué pasaba.
- Abrid, y venid a ayudarme de una vez, les dije a través de la puerta. Alguien descorrió el cerrojo y ambas salieron de la habitación con ropa nueva.
- Javier, siéntate en el sofá que vamos a pasarte unos modelos. Me dijo María mientras Berta ya había ido a la sala y había puesto un disco.
Obedecí y me senté.
Al ritmo de la música María entró en la sala exhibiendo la ropa que había comprado, Berta, desde fuera, la presentaba. Me reí. María se subió a ala mesa de centro y empezó a moverse, a contornearse y a girar. Al dar vueltas aprecié sin error posible que debajo de aquella falda, muy bonita por cierto, sólo estaba un liguero y unas medias: no había bragas. Ahora quién se reía era ella. Se bajó de la mesa y se quedó al lado moviéndose despacio, doblando sus piernas y estirándolas, subiéndose un poco el jersey y la falda, jugando. Yo estaba boquiabierto y sorprendido. Entonces entró Berta con la cámara de vídeo y la conectó a la tele: la pantalla se iluminó y en ella aparecía yo sentado y con cara de lelo. Las dos sonreían pero no decían nada. Al instante era Berta la que estaba encima de la mesa moviéndose como una verdadera bailarina de cabaret. Poco a poco empezó a hacer como que se quitaba la ropa: mis ojos estaban clavados en mi mujer que a su lado la animaba y me miraba. Oí el cerrojo de la calle: Alberto acababa de entrar y al ver el panorama se sentó a mi lado. Berta se rió a carcajadas y le hizo una seña a María, que dejó caer su falda y se quitó el vestido. Yo estaba alucinado y me quedé petrificado cuando vi a mi mujer ponerse delante de mi y frotarme la cara contra su pubis. La iba a coger pero me apartó y se colocó delante de Alberto, se agachó, le abrió la bragueta y se metió la polla en la boca. Su lengua empezó a moverse y sus ojos brillaban de lascivia sin apartarse de los míos. Alberto resoplaba.
No me podía creer lo que estaba viendo en directo y a través de la tele: mi mujer agachada y mamándosela a otro tío mientras se toqueteaba. Berta se había desnudado y se colocó delante de mi.
- Te gusta lo que ves
- Sí, logré decir
- Pues sigue mirando, porque es lo que te toca hacer ahora.
Berta se colocó detrás de María y la acarió. Le metió las manos en el coño y en el culo.
María se corrió un poco antes de que Alberto le llenara la boca de semen, que como buena amiga, compartió con Berta.
Antes de cenar terminamos los cuatro follando a lo loco, aunque lo que más me gusto fue que por fin logré ver a mi mujer con dos pollas metidas y un coño en la boca. Desde entonces lo hemos repetido muchas veces, pero hubo una ocasión "especial" en donde María y Berta se tragaron tres pollas: la mía, la de Alberto y la de Stephanie, un travesti con el que a veces nos entretenemos. Por cierto es al único que permito que me meta su polla y realmente es una experiencia inolvidable.
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