Bastian Mardones
Bastian Mardones
No soy spanker ni nada de eso. Sin embargo, lo que me pasó bien merece estar en uno de estos blogs.
Como no conozco a nadie, ni nadie me conoce, utilizaré nombres reales para contar mi historia la que, debo reconocer, me avergüenza asumir en público.
Me llamo Bastián y estoy casado con Cristina, hija de Andrea.
Nos casamos el verano pasado pero nuestra relación cuenta ya cinco años.
Ocurrió que el otro día (hace tres semanas), de noche en un bar, estaba con dos amigas y un amigo tomando alcohol desde hacía ya varias horas.
Como había comido poco, me encontraba bastante ebrio cuando una de las chicas, prima de Cristina, se me fue encima y me dio un beso.
Yo no opuse mayor resistencia y el hecho, para bien o para mal, se consumó.
La verdad tampoco me habría importado mucho, de no ser porque justo cuando estaba separando mi boca de la de la chica, venía entrando mi suegra (Andrea) quién inmediatamente clavó sus ojos en mi.
Ese hecho hizo que me ruborizara, me pusiera nervioso e incluso que se me pasara la borrachera.
Aún así, seguimos bebiendo y me volví a embriagar.
Cuento corto, llegué a mi casa (no sé cómo) y me dormí.
Al otro día (exquisito sábado en la mañana), desperté con un poco de resaca pero bien.
Todo marchaba espléndidamente hasta que, al ir hacia la piscina, veo a Andrea…Chuuuu!!!.... ahí me acordé de todo, violentamente.
Debe haber sido muy notorio porque, según dijo luego Cristina (textualmente): “casi te moriste cuando viste a mi mamá”.
Y en efecto eso sentí.
La miré y vi unos ojos asesinos que buscaban algo para atraparme.
Pensé que lo diría todo y que ese sábado de ensueño se transformaría en una pesadilla. Una de esas típicas mañanas de pelea.
Sólo que esta vez, una pelea de este tipo no sólo sería eso.
Y mi suegra lo sabía bien.
Por asuntos anteriores que no merecen ser aquí expuestos, si Cristina se enteraba de que le había dado un beso a otra mujer, aunque hubiese sido una tontera, era probable que me dejara.
Bueno, pasó la mañana, la tarde y la noche.
Andrea todo el rato me miraba feo pero no hizo ni dijo nada sino, hasta dos días después.
Lunes por la mañana, estaba en mi oficina y suena el teléfono. Era Andrea.
- Necesito que nos veamos
- Bien, cuándo?
- Hoy mismo, puedes venir a mi casa?
- Ok, a las 2
Si bien iba un poco nervioso a la cita, estaba seguro que más allá de un sermón no iba recibir por parte de mi suegra con quien siempre he tenido una excelente relación.
No tardé mucho en darme cuenta de que me equivocaba.
Cuando llegué a su casa observé que su mirada ya no era asesina.
Sin embargo, tenía un dejo de molestia y cierta perversión.
Pasamos al living y dijo que me sentara. Habló.
- Mira encuentro francamente inaceptable lo que vi el otro día. Más encima con la Josefina!, mi sobrina.
La verdad, estoy tan enfadada con ella como contigo.
Sin embargo, ella no está casada con la niña (así le dice ella a mi esposa)
- Bueno Andrea que te puedo decir, tú sólo viste el final no te diste cuenta de que…
- Mira (interrumpió), mejor no digas nada
En ese momento ya empezaba a parecerse a mi madre.
- Te voy a hacer una propuesta (continuó) y tú lo vas a pensar y mañana me vas a responder, sin preguntas.
Lo piensas y me respondes
- Ok dije, aunque me pareció bastante misterioso.
- Yo no le voy a decir nada a la niña de lo que ví eso siempre y cuando me permitas darte una buena zurra, como corresponde!
Yo no lo podía creer…
Creo que hasta me reí de su propuesta.
Ella se enfadó un poco y me hechó.
En la puerta de la casa me dijo:
- Recuerda, quiero una respuesta a más tardar mañana
En ese momento aún estaba yo en shock.
Para que entiendan mi impresión, voy a contar algunas cosas sobre mi suegra.
La verdad es que yo la conocí a ella primero que a Cristina y me deslumbró.
Es una mujer alta, de facciones finas, manos delicadas, pelo negro, ojos verdes y piel morena. Sus pies bellísimos.
Cuando joven era francamente preciosa.
Yo estaba un poco fascinado con ella cuando conocí a su hija, que es idéntica a ella, pero en versión joven.
Sencillamente me enamoré.
Así es que de alguna manera, ella siempre me atrajo.
Aunque con el tiempo he llegado a estimarla más como una madre que como una mujer.
Sin embargo, su propuesta mezclaba un poco ambas cosas, y eso me asustaba.
Además yo no sabía bien que pretendía.
A mi nunca de niño mis padres me golpearon, por lo tanto no sabía cómo era una zurra realmente.
En alguna parte supuse que se podía referir a nalgadas y el sólo hecho de imaginármela golpeando mi trasero -quizás desnudo- me confundía, por decirlo menos.
En fin, cuento corto nuevamente, le dije que aceptaba.
Me citó a su casa el jueves de esa semana, es decir, dos días después.
Durante esos dos días muchas cosas pasaron pero me concentraré en contar lo de la zurra, ya me he dilatado bastante.
Llegué a su casa como a las tres.
Me hizo pasar y, casi sin saludarme, dijo que fuéramos a su habitación.
Yo estaba bastante nervioso y cuando eso pasa, se me salen algunas risas.
Ella estaba muy seria. De mirada severa.
Ahí recordé que pese a lo bueno de nuestra relación, siempre sentí que ella se molestaba demasiado a veces por algunas cosas que yo decía o hacía.
Lo que ahora veía en sus ojos, era una especie de acumulación de todos esos eventos.
Pensé que quizás ésta era la venganza que por mucho tiempo ella había esperado.
No me equivoqué.
Ya en su habitación, se sentó en una silla que estaba al costado de la cama y me pidió no, me ordenó, que me bajara los pantalones y me recostara en sus rodillas para recibir una paliza como ella se las daba a sus hijas cuando se portaban mal.
Yo intenté decir algo pero ella se paró, se acercó y me dio una bofetada que me dio vuelta la cara y con voz severa dijo:
- Ahora que entraste aquí no hablas!
La única autorizada para hablar soy yo y hablarás cuando yo te lo pida.
En ese momento me di cuenta que la cosa se venía seria y me sentí como un niño siendo regañado por su madre.
Por eso no dije nada más. Me bajé los pantalones y me recosté en sus rodillas para cumplir con el acuerdo.
Al ir acercándome a ella, noté que a su lado derecho había una vasija con agua, pero en ese momento no supe por qué.
Fue sumamente extraño asumir esa posición.
Ella es casi de mi tamaño y, como estaba sentada en una silla un poco alta, tanto mis manos como mis pies quedaron colgando.
Ya recostado en sus rodillas, comenzó a bajar mis calzoncillos.
Protesté e intenté impedirlo con mis manos.
Ella tomó mis brazos con una mano y con la otra, como podía, empezó a darme bofetadas en la boca diciendo: cállate! cállate! cállate!, hasta que me callé.
Una vez que ya tenía los calzoncillos por la mitad de mis piernas, sumergió su mano en la vasija con agua y con ella estilando, comenzó a darme palmadas en mi trasero desnudo, tal cual como a un niño malcriado.
Con las primeras cinco me dio vergüenza, me reí.
Pero luego de unas veinte o treinta, comencé a sentir un dolor en el trasero que aún, después de tres días no se me pasa realmente.
Al principio, me pegaba en una y otra nalga pero después su mano iba directo al centro de mi trasero.
Así, siguió golpeando mi culo cada vez con más fuerza y vehemencia.
Pasados unos diez minutos -creo yo-, paró y me dijo:
- Esto lo debí haber hecho hace mucho tiempo, cuando por primera vez supe que habías besado a otra mujer.
En ese momento me enteré de que ella siempre supo cosas que yo ignoraba que sabía.
Siguió con las nalgadas, mojando su mano de cuando en cuando y diciendo:
- Esto te mereces por engañar a mi hija, cobarde!
Y seguían las nalgadas, una tras otra.
Una y otra vez.
Cada una, más fuerte que la anterior.
Debe haber estado como treinta minutos golpeándome cuando empecé a quejarme. Le dije:
- Ya Andrea, está bueno. Esto me empieza a doler demasiado… ay!
Ella respondió:
- Que está bueno!... oye hijo, esto recién comienza.
- No soy tu hijo le dije.
Eso la enfureció aún más y las nalgadas comenzaron a ser más frecuentes y violentas.
- Ay, ay, ay… para, por favor para!
Eso es lo que estuve diciendo las casi dos horas que duró todo esto.
Pero ella continuaba dándome palmadas con su mano mojada sobre mi trasero desnudo.
Cuando se cansó de pegarme, paró. Había pasado una hora creo yo.
A esa altura ya estaba destruido, sintiendo un ardor en el culo que me quemaba, que no conocía.
Pensé que ya había terminado, pero aún no venía lo peor.
Me pidió que me pusiera de pie, que me sacara por completo los pantalones me quedara en calzoncillos y me pusiera boca arriba sobre la cama.
Yo le dije no, ya basta!
Ella se paró y me dio otra bofetada que me dolió más que la anterior y me ordenó que callara e hiciera lo que me pedía.
Lo hice.
Una vez ahí, se acercó, levantó mis piernas sobre ella, me sacó los calzoncillos y comenzó a darme nuevamente de nalgadas, esta vez, no con la mano.
En esa posición sentí que ella podía verme por completo. Aún más de lo que yo mismo haya podido verme alguna vez.
Tenía las nalgas completamente separadas y el centro de mi culo abierto hacia ella.
Eso me daba muchísima vergüenza, sin embargo, el dolor opacaba cualquier otra sensación. Y a esa altura mi suegra se había transformado en madre castigadora que nunca tuve.
A veces, intentaba taparme un poco poniendo la mano pero, los golpes en la mano parecían doler más que en el trasero mismo.
Además ella se enfurecía más y decía:
- Quita las manos de ahí, sino, te doy el doble de cepillazos.
En efecto, lo que parecía duro y frío y que hacía vibrar todo mi culo matándome de dolor era eso, la parte trasera de un cepillo para el pelo.
- Te voy a quitar las ganas de besar a otras mujeres, así tenga que darte de nalgadas toda la vida -me decía-
De pronto, se enfureció tanto, que dejó caer bruscamente mis piernas hacia el centro de la cama, me colocó boca abajo, puso su mano sobre mi espalda y siguió dándome nalgadas con el cepillo, ahora mucho más fuerte que antes, con ira.
- Ay ay ay Andrea para por favor detente, te lo ruego… ay ay ay!
Eso era todo lo que podía decir: para, por favor para!
Comencé a patalear como un niño, me sacudía.
Ya no daba más, realmente me dolía demasiado.
Sin embargo, aún no lloraba, aunque el llanto no tardó en venir.
Luego, notoriamente cansada, dejó de golpearme.
Se bajó de la cama y se alejó.
Yo apenas podía moverme pero inmediatamente traté de incorporarme un poco a lo que ella dijo:
- No te muevas, quédate ahí!
Accedí por temor a las consecuencias.
Había logrado respirar un poco cuando, al girar la cabeza, la veo venir hacia mí con un cinturón en la mano.
Era uno largo y grueso, de cuero antiguo. Había pertenecido a su padre, el abuelo de Cristina.
Traté de pararme pero me ordenó que me quedara ahí y dijo:
- Levanta el trasero.
Entonces me puso un cojín debajo y empezó nuevamente la paliza.
Esta vez, eran correazos.
Uno tras otro mientras decía:
- Así es como yo eduqué a mis hijas, a punta de correazos. Y ahora son todas personas de bien.
Me parece que a ti, esto es lo que te ha faltado.
Francamente nunca nadie me había golpeado, menos con una correa.
Ahora puedo decir que un solo correazo (como los da mi suegra) vale más que cien nalgadas.
- Ay ay ay Andrea por favor no no, por favor no…ay ay ay!
Me dolía tanto! no lo podía creer. Pero ella no se detenía.
Al contrario, cada cierto rato aumentaba la frecuencia e intensidad de los correazos.
Entonces comencé a llorar, desconsoladamente.
Luego de algo así como veinte minutos azotando mi culo con el cinturón, debe haber estado tan maltrecho que ella empezó a descargar los correazos sobre mis piernas.
Y continuó, una y otra vez.
- Ay ay ay! no no!…ay!, gritaba
Fueron tantos los correazos que ella dejó caer sobre mi trasero y mis piernas que en un momento, casi instintivamente me di vuelta, con la esperanza creo yo de que la paliza al fin terminara.
Como fue bien rápido mi movimiento, ella no alcanzó a frenar el golpe que estaba preparando y la correa golpeó violentamente mi muslo, a lo que me retorcí.
Lejos de conmoverse se enfureció aún más.
Se sentó en la cama, me tomó por el brazo, me dio vuelta y no sé como quedé nuevamente sobre sus rodillas.
Entonces dobló la correa a la mitad y comenzó nuevamente a darme correazos, esta vez, con la hebilla del cinturón al medio de mi desnudo culo, donde más me dolía.
- Qué te has imaginado! -dijo-. Esto termina cuando yo lo diga!
Y seguían los correazos, uno tras otro.
- Ay ay ay ay ay… perdón, perdón!.
Pero ella continuaba, sin siquiera disminuir la potencia de los golpes.
Yo nuevamente pataleaba y me movía con la intención de zafarme, pero todo era en vano. Ella me tenía bien aferrado y no pensaba soltarme.
Deben haber pasado unos veinte minutos (que para mi fueron cuarenta) y el sonido de la correa golpeando mi trasero desnudo y el de mis gritos, llenaban la habitación.
Fue tanto, que de pronto -para mi mala suerte- apareció la empleada de la casa que con voz asustada dijo tras la puerta:
- Señora! señora!, está todo bien?
Pero Andrea no respondió.
Al cabo de un rato, la empleada dijo permiso y entró.
Lo que vió le debe haber resultado tan aterrador que dió un grito:
- Santo cielo!
Y claro, imagínense el cuadro: yo recostado sobre las piernas de mi suegra, con el trasero al aire, coloradísimo y mi suegra dándome de correazos con todas sus fuerzas.
De sólo pensarlo me ruborizo.
Pero en ese momento, yo no atiné a nada.
De hecho, el ver a la empleada parada frente a mi, no evitó que yo siguiera quejándome y pidiendo a mi suegra que por favor se detuviera, que me perdonara.
De pronto Andrea se detuvo y le dijo a la empleada:
- Mira Jenny, esto que tu ves, no es sino un merecido castigo que le estoy dando a mi yerno. Hace ya varios años que alguien tendría que haberle dado estos correazos.
Ahora, tú no debes decir nada de esto. A nadie.
- Si señora, esta bien. Pero no cree que ya está bueno. Mire como tiene el trasero el caballero.
Pero Andrea le pidió que se retirar y continuó con los correazos.
Uno tras otro, me dolían cada vez más.
Yo gritaba y lloraba de dolor, pataleaba. Pero mi suegra no se detenía.
Después de varios correazos más, se detuvo, me dejó y se paró al lado de la cama.
Entonces, lanzó otro correazo, que me pareció más fuerte que los anteriores y dijo:
- Quiero que termine de una buena vez eso de andar besando a otras mujeres.
Yo no dije nada, sólo lloraba como un niño.
Me dio otro correazo y dijo:
- De acuerdo?
No dije nada.
Soltó otro correazo más fuerte aún.
- De acuerdo?, volvió a decir.
- Si!, dije yo, de acuerdo.
Otro correazo.
- De acuerdo?, dijo nuevamente.
- Si dije yo, de acuerdo! de acuerdo!
Pero ella seguía dándome correazos y diciendo: de acuerdo? de acuerdo?
- Si si si!, gritaba yo desconsoladamente.
- Ay ay ay, de acuerdo! de acuerdo!, lo prometo, nunca más, nunca más!, perdón! perdón!.
Pero ella no se detenía.
Al cabo de otros treinta correazos -o más-, repartidos entre mis nalgas y mis piernas, al fin se detuvo y dijo:
- Está bien, creo que nos hemos entendido.
Quiero que sepas que esto no me hace feliz pero, lo volveré a hacer mil veces si es necesario.
Y cada vez será peor, porque la próxima vez que te vea o sepa que le has dado un beso a otra mujer que no sea la niña, te daré el doble de correazos y también varillazos. Y no irán repartidos entre el trasero y las piernas, sino, todos en el traste! entendiste?
- Si Andrea, entendí entendí!. Ahora por favor que esto termine, ya no doy más de dolor no aguanto más!. Por favor, por favor te lo ruego!
Ella no dijo nada. Colocó la correa sobre la cama y salió de la habitación.
A esa altura, yo sólo lloraba y me retorcía.
Deben haber pasado unos veinte minutos, cuando giré la cabeza para ver mi trasero quedé sorprendido con el color que tenían mis nalgas.
No era rojo sino fucsia.
Además tenía todas las piernas con marcas de la correa y la hebilla del cinturón.
Esa visión me produjo más dolor aún y también rabia.
Entonces ella entró en la habitación y me dijo.
- Estás bien?
Yo, que estaba enojadísimo le dije:
- Sabes qué Andrea, estás loca. Eres una puta loca de mierda!
Al principio me pareció que ella soltó una risa pero luego se me fue encima y, tomándome del pelo, intentó colocarme nuevamente sobre sus rodillas.
Yo instintivamente me paré, pero caí al suelo.
Ella, que continuaba aferrada a mi pelo, casi cae también pero se afirmó de la cama en donde cogió otra la vez el cinturón y comenzó a darme nuevamente de correazos en el trasero -aún desnudo- mientras yo me afirmaba de sus piernas intentando pararme.
Ella me botó, quedé de rodillas y siguió azotando mi culo mientras decía:
- En mi casa nadie me falta el respeto mierda!
Parece que todavía te faltan algunos correazos más para que entiendas lo que es el respeto.
- Ay ay ay ay ay! Andrea no más por favor, no más!
Pero ella, con nuevos bríos y enojadísima, continuaba con los correazos, que a veces me llegaban en la espalda o en las manos. Otras en los pies.
Yo luchaba, me movía.
Intentaba zafarme pero no tenía fuerzas y eso la enfurecía más.
Y los correazos eran cada vez más seguidos y fuertes.
En un momento, se le soltó la correa.
Intentó coger el cepillo que estaba en la mesa de noche pero no pudo.
Entonces, cogió una zapatilla que estaba en el suelo y continuó la paliza.
- Nunca nadie me había gritado así en mi casa! dijo
Esto ya no es por la niña!
- Ay ay ay ay ay!
- Perdón perdón perdón! ay ay!
Creo que nunca nada me había dolido tanto en la vida.
No recuerdo haber llorado así.
Mi cuerpo ya no daba más y ella parecía cada vez más enfurecida.
Así pasaron varios minutos.
En un momento logré pararme.
Para hacerlo, tuve que doblarle la mano y quitarla de mi cabello.
Ella se incorporó rápidamente, me dio dos bofetadas que me aturdieron, me arrojó a la cama boca abajo, fue en busca del cinturón y continuaron nuevamente los correazos.
Mis llantos y mis gritos fueron entonces feroces, y empecé a moverme con más fuerzas.
Intenté tapar mi trasero con las manos y aguantar así la lluvia de correazos.
Ella no se inmutaba.
Entonces, saqué fuerzas de no sé donde y me arrojé al suelo.
Al principio ella quedó pasmada.
Luego, lanzó un par de correazos más y dijo:
- Nunca, nunca vuelvas a tratarme de esa manera. No tolero la insolencia y menos en mi casa.
Y lanzó algunos correazos más.
Cuando finalmente paró, yo quedé tendido llorando y retorciéndome en el piso y se fue.
Pasaron unos minutos y como pude, me arrastré hasta la cama y me subí.
Allí quedé tendido, llorando más que nunca.
Deben haber pasado algunas horas. Me dormí.
Cuando desperté, vi la figura de Jenny mirándome desde la ventana.
Estaba con los ojos llenos de lágrimas y conmovida me dijo:
- Señor Bastián cómo puede ser posible!. Mira nada más como le han dejado sus nalgas.
Yo estaba aturdido. Ni siquiera atiné a taparme.
Tenía los ojos hinchados y me dolía todo el cuerpo. El trasero no lo sentía.
Traté de pararme pero a penas me pude mover.
Ella dijo:
- Ay mi dios, quiere que le ayude en algo?
- No sé le dije yo. Qué podría hacer?
Ella salió de la habitación y volvió a los minutos con una vasija con agua y un paño, me dijo:
- Quédese tranquilo, esto le puede doler pero es mejor mojar esas heridas.
Accedí.
|