Faltaba poco para el invierno y había quedado a las ocho, como un ritual yo me empecé a vestir para mi cita con él, decidí ir esa noche toda de negro, mi color favorito, primero mi pequeña tanga que dejaba traslucir mi sexo, luego el sujetador con aros que dejaban mis pechos como una exuberante balconada. Me puse para la ocasión medias y liguero. Ahora la ropa: arriba algo escotado y de terciopelo y para la parte de abajo una falda por encima de las rodillas y calzado... unas botas altas y de tacón muy fino.
Que les podría contar de la mujer de mi vida, podría decirles que ha sido la única mujer que me ha llenado de pasión. Ha sido durante años el amor de mi vida, y cuando les cuento que me ha llenado de pasión, es por que ella siempre ha hecho todo lo que una mujer pudiera hacer con la imaginación, para enloquecer a un hombre. Nunca dijo no, a mis ideas locas.
Esta es una de mis mejores fantasías con el que sera mi media naranja, tal vez cuando lo leas lo encuentres algo cursi, pero es mi gran fantasía y espero algún día realizarla junto con mi pareja definitiva.
Hemos pasado una tremendamente apasionada tarde y noche anterior, después de un rico baño, nos acostamos a descansar. Yo recostada sobre mi lado derecho, tu detrás de mí con tu brazo izquierdo pasando sobre mi cintura muy pegados el uno del otro, quedamos los dos exhaustos de cansancio.
Tenía cita con mi fisioterapeuta esa tarde. La noche anterior había empezado a tener un fuerte dolor de cuello; me pasaba a menudo, de modo que nos veíamos bastantes veces. Le llamé y aprovechando que somos amigos, me cogió hora, a pesar de que era domingo. Tenía otro masaje, pero me dejó la última, para luego ir a tomar algo.
Aquella mañana no fueron las caricias de mi amante las que me despertaron. Ni su voz susurrando los buenos días en mis oídos. Había algo distinto en el ambiente, un calor que no había estado ahí otras mañanas. Mis párpados me escocían ligeramente y a pesar de tener los ojos cerrados, lo que veían mis ojos no era la negritud que se supone normal sino como una especie de oscuridad incandescente, como si el color negro quisiera probar a convertirse en un rojo momentáneo. Abrí primero un ojo, luego el otro y pude comprobar el por qué de esas sensaciones: Un enorme círculo naranja, achatado por sus polos, se elevaba voluminoso en el cielo del amanecer. Una preciosa imagen la que me regalaba el sol aquel día.
Mi esposa Jessica y yo tenemos 5 años de casados aunque nos conocemos desde hace 15 y novios desde hace 10 años, ella fue educada a la antigua, si bien no fui su primer novio si fui la primera persona con la que tuvo sexo, muy recatada, poco abierta a experiencias nuevas, no es exhibicionista, no gusta vestir provocativamente, tan solo después de insistirle usa minifaldas, ni que pensar en proponerle un trío o algún intercambio.
Me levanté pronto por la mañana, desayuné, pues me desperté con muchísima hambre. La noche anterior apenas había cenado y eso se notaba. Me preparé un buen vaso de leche con café, unas tostadas con mantequilla y mermelada de fresa, que me encanta, y un zumo. Lo devoré, pues el hambre era increíble. Mientras estaba sentada a la mesa, tomando mi desayuno, empecé a sentir mucho calor. Eran apenas las 9 de la mañana y ya el termómetro había alcanzado los 32 grados. Mi casa es un chalet, con un jardincito, y una pequeña piscina. Así que pensé que, en cuanto terminase las tareas de la casa, saldría fuera a darme un buen baño.
Había un señor que, llamaremos Pantaleón, que tenía cuatro hijas. Una de ellas tenía de edad veintiuno, era un chupete, yo tenía veintidós. Qué culito. De paso que le fascinaban las minifaldas hasta donde la marca de la ropa interior se anuncia. Una delicia. No era grande. Una estatura de un metro sesenta y cinco o algo así, pero era blanca como dorada, más o menos y rejuguetona, como toda joven de su edad. Dulce e ingenua, pero con una picardía digna de sus añicos.
Hola! Me llamo Andrea. Algunos quizás me recordareis, pues hace unas semanas os conté el masaje que me dio mi fisioterapeuta y un amigo suyo. En realidad no fue exactamente un “masaje”, ya lo sabéis; fue mucho más excitante y bastante eficaz contra el dolor de cuello que yo tenía. Para los que no os acordéis o para los que no conozcáis mi historia, leed el “Un masaje completo” que ellos dos me dieron... muy, muy completo. Os prometí que volvería para contaros nuestra visita a la playa. Pues aquí estoy.